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Forma de mirar

Llorar no te hace menos hombre, te hace más humano

Evadir lo que sentía no me hizo más fuerte. Me hizo más débil. Un relato sobre expresar emociones, sin receta ni disfraz de dureza.

Publicado el Fran Pavón

Actualizado el

Manos de un adulto cruzadas sobre la rodilla, junto a una ventana. El rostro queda fuera de cuadro.

Después de un cierto recorrido de desarrollo personal, y de un viaje al pasado desde mi inconsciente, me di cuenta de que una de las cosas que más me costaba era expresar mis emociones. Desde que nací, la sociedad, la escuela, la familia, casi todo empuja a esconder lo que sentimos, lo que anhelamos, la vulnerabilidad. Como si el hombre —y también la mujer— tuviera que funcionar sin eso. Las emociones forman parte de nosotros como el cuerpo, respirar y pensar. Esconder debajo de la alfombra la pena y la tristeza no supone una solución a la larga. Vuelven. Como un boomerang, y a veces golpean más fuerte cuando menos te lo esperas.

La autenticidad de sentir y hablar de tus emociones

Desde mi adolescencia tuve la necesidad de ir más allá de la superficialidad. Cambiaba de círculos de amigos porque no encontraba temáticas distintas de chicas, coches y fútbol. ¿Os habéis dado cuenta de que la pregunta estrella, cuando uno empieza a hablar con alguien, es «cómo estás»? ¿Y de que la respuesta suele ser «bien»? Aunque por dentro ocurra otra cosa. La palabra bien se usa como una mampara: tapa lo que hay detrás. Es automático. Incluso yo, a veces, me pillo siendo uno de esos que utilizan ese automatismo.

Hace unos años, con ese anhelo de profundidad y de compartir, organicé un círculo de hombres. Buscaba similitudes entre congéneres y encontré, de aquellos encuentros, grandes amistades. Tengo muy gratos recuerdos: uno estaba abierto a recibir y a dar un «no me encuentro bien» cuando así se necesitara. Fueron encuentros preciosos. Se respiraba amor, fraternidad y humanidad. No dudo en volver a algo así.

Evadir mis emociones no me hizo más fuerte, me hizo más débil

En este periplo que es mirarme, comprendí que muchos de mis límites y bloqueos venían de heridas de vulnerabilidad —a menudo de la infancia— bien enterradas. Comprendí que no se iban de tanto esconderlas. Había que sentirlas, acogerlas, darles un lugar que en su momento no supe dar. Desde que aprendí a ver mi parte vulnerable, no solo me hice más fuerte: me hice más sabio y más feliz.

Hay heridas del pasado que quien tuvo el papel de madre o de padre no puede cubrir. Acoger a ese niño herido, tomar yo esa paternidad y esa maternidad, nutrir desde el corazón, me ha valido para recuperar fuerza y bienestar. Es paradójico, pero desde que expreso más lo que siento, me siento más fuerte.

Escribí para esta ocasión uno de mis poemas:

Fuerza

Una mente es fuerte no sólo cuando mueve montañas sino cuando mueve el corazón.

Un cuerpo es fuerte no sólo cuando mueve las piernas sino cuando se mueve con corazón.

Un espíritu es fuerte no sólo cuando es movido con alma, sino que lo es cuando es movido con corazón.

El corazón no sólo mueve, su belleza y su valor conmueve. El sabio siente, atiende y entiende las razones del corazón, porque los pies pueden dar sus pasos pero su corazón marca las huellas.

Cuando emoción y fuerza se alinean al corazón, la fuerza se alinea al universo entero.

No hace falta una plantilla ni un método. A mí me sirve escribir. Un rato al final del día: lo que ocurrió, una discusión, un encuentro, también cuando me he sentido bien. No tiene que ser todo pena. También la alegría. Y, de vez en cuando, parar. Cerrar los ojos. Respirar. ¿Qué pienso ahora? ¿Qué siento? ¿Dónde está el cuerpo?

Si sientes que alguien no te escucha, escúchate. Si sientes que alguien no te ama, ámate. Si sientes que alguien no te respeta, respétate. No como consigna. Como un gesto pequeño, repetido.

Un abrazo enorme. Fran Pavón