Forma de mirar
Los símbolos: El lenguaje poético de nuestro inconsciente
El inconsciente habla en metáforas. La astrología, y otras herramientas, pueden leerse como símbolos: decorado, no causa.
Publicado el Fran Pavón
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Vivimos rodeados de símbolos. La vida de nuestro inconsciente transcurre con el metaforismo y la simbología de un poema. Una casa puede recordar una herida de la infancia y despertar, sin que lo sepas, terrores, fobias o ira hacia ese lugar. Una serie de emociones de entonces las puedes volver a vivir con tu pareja sin que tu consciente lo nombre. El sol nos puede recordar al brillo del padre, el agua a las emociones, la tierra a cómo vivimos lo materno. No son definiciones cerradas. Son un lenguaje.
Comprender los símbolos nos permite transformar nuestras vidas
Aprender muchos tipos de herramientas de autoconocimiento me ha hecho ver con claridad que los planetas en la Astrología son una parte del decorado y no la causa de los sucesos que ocurren en la tierra. La reflexología, la biodecodificación, la numerología, el tarot me recuerdan lo mismo: forman parte del decorado. Son símbolos y señales de lo que está ocurriendo dentro de ti, o en lo colectivo. A veces, mirando cosas pequeñas, podemos contemplar un conjunto que de otro modo se nos escapa.
Reconocer y contemplar esos símbolos ayuda a ver con más claridad. Y, a veces, a cambiar el guión. Somos guionistas de nuestra vida, al menos en parte.
Nuestro inconsciente utiliza ese lenguaje, y ese lenguaje no lo entiende del todo la mente racional. Bajo la frase de Blaise Pascal —«el corazón tiene razones que la razón no entiende»— y la del Principito —«solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos»—, la clave no es traducir el símbolo de forma literal. Es escuchar las emociones que se esconden detrás de un sueño, de un suceso, de algo que se repite.
Hay más de nosotros de lo que vemos
Nuestra parte consciente es sólo la punta de un iceberg sumergido en aguas profundas. Hay una gran parte que no conocemos, y que aun así pesa en lo que vivimos.
En una canalización, hace tiempo, me mostraron una imagen que a mí me sirvió para entender eso. No la cuento como demostración de nada. La cuento porque, para mí, ordenó algo que de otro modo se me quedaba abstracto:
Me muestran una obra de arte, la Gioconda de Da Vinci. Me muestran el cuadro entero. De repente, un píxel pequeñísimo, diminuto, y me dicen:
— Eso que ves ahora es tu vida actual, la de ahora. El cuadro es más amplio que ese píxel.
Sirve este ejemplo para decir que lo que vemos de nosotros es poco. El inconsciente —esa parte que no nombra, que no razona en frases— suele llevar más peso del que le concedemos. No veo a nuestro consciente diciendo:
– ¡Yo voy a ser pobre para ser fiel a mi linaje familiar pobre!
– ¡Yo voy a salir sólo con personas que no me amen, no me valoren y me sean infieles para perpetuar lo que sentí de niña!
– ¡Yo voy a esconder mis dones y talentos para que mi vida no corra peligro!
Nadie se propone eso así. Y, sin embargo, hay patrones que se repiten. El símbolo no explica la vida como una sentencia. Ayuda a mirar lo que, de otro modo, se queda fuera de frase.
Los símbolos están en el día, no solo en los sueños
Los símbolos están en los sueños y también en la vida diurna. Representamos, a menudo sin saberlo, lo que no hemos podido decir de otra manera.
Cuando algo duele, da miedo o hiere, no tiene por qué ser un veredicto. Puede ser información: una señal de que hay algo que observar. No eches todos los balones fuera. Tampoco te los tragues todos como culpa. Relaciona lo que aparece —un conflicto, un sueño, un lugar, una repetición— con lo que tú reconoces. Ordena. Traduce. Pregunta qué está queriendo verse.
Mirar un sueño es, en el fondo, lo mismo: mirar de cara un símbolo. No hace falta convertirlo en una práctica más. Hace falta no pasar de largo.
Esa forma de mirar —observar, relacionar, traducir— es la que con el tiempo reconocí también en mi propio recorrido.
Un abrazo enorme. Fran Pavón